Historia del templo parroquial de Ciruelos

La noticia no era oficial, pero era un rumor que se trasmitía de boca en boca desde hacía unos días en el sector, no había conversación entre los habitantes del pueblo que no tocara el tema, aquel invierno de 1778. La pequeña capilla de Ciruelos, según comentaban, había sido elevada a la categoría de parroquia, quitándole por consiguiente esta jerarquía a la parroquia de Reto distante sesenta kilómetros al oriente del caserío, la gente y las autoridades del pueblo esperaban que los documentos oficiales llegaran en los próximos días, para ratificar el nombramiento. También se comentaba la desazón que había en la zona de Reto, por este cambio de sede parroquial. Asimismo señalaban que algunos hacendados de esa zona habían llegado hasta la misma capital del reino a realizar gestiones para que ésta medida se revirtiera.

El Decreto firmado por Mons. Manuel Alday y Axpée quien había enviado con fecha 4 de julio de 1778 al Gobernador de Chile Don Agustín de Jáuregui los autos formados para dividir el curato de Rapel y crear una nueva parroquia en los territorios de Trinidad, San Antonio y Cahaguil (Cáhuil) con sede parroquial en Ciruelos, se mantuvo a firme. El proyecto era aprobado con fecha 23 de Julio de 1778.

El cura párroco de la época Thomas de Artolaza no cabía en sí de orgullo, al igual que en todo el pueblo, la información se comentaba con especial alegría, y junto con las autoridades se pusieron de acuerdo para dar a conocer la noticia a la comunidad el domingo siguiente.

El día de la misa de la Asunción de la Virgen, la capilla estaba repleta. Feligreses de todos los sectores habían llegado a enterarse en forma oficial del nuevo status que tendría la capilla. Después de la misa, dieron la noticia a la comunidad y junto con ello la nueva tarea que se venía por delante, como lo era la construcción de un templo que hiciera honor al rango otorgado. Se creó una comisión que debería presentar, dentro de un breve plazo el proyecto del nuevo templo. Asimismo una estimación de los materiales, los costos de éstos y el tiempo necesario para su construcción.

El proyecto presentado y aprobado era grandioso, el templo se ampliaba en cuatro veces su capacidad, las nuevas alas que se construirían pegadas al lado norte y oriente formarían una cruz, superando los quinientos metros cuadrados de construcción. Sobre las techumbres se instalarían seis extractores de aire, las paredes serían de adobe cruzado, lo que les darían el espesor de un metro a las murallas. Nunca se habían construido muros de ese grosor en la zona y según todos opinaban, esta sería la primera y última vez que se realizaría una obra así. A ambos lados de la entrada se levantarían dos pilastrones de seis metros de largo por uno de ancho que servirían de base para la construcción del campanario. Hacia los lados norte, sur y oriente se contemplaba la construcción de altos y anchos corredores, con gruesos pilares cada tres metros. La superficie de los corredores superaba los trescientos metros cuadrados. Las campanas se mandarían a fabricar a Pamplona, ciudad famosa desde la Edad Media por sus artesanos expertos en el trabajo con los metales y la confección de estos elementos, a las cuales lograban darle un tañido especial por su claridad y duración que las hacían inconfundibles.

La estimación de algunos de los materiales para la construcción de la obra era impresionante, la envergadura del templo así lo requerían. Aparte de la cantidad lo que complicaba aún más la concreción del proyecto era que con suerte tendrían seis meses para elaborarlos, fabricarlos, trasladarlos y almacenarlos en el lugar de la obra de tal modo de protegerlos de las abundantes lluvias del invierno y tenerlos listos para empezar los trabajos apenas llegara la próxima primavera.

El diezmo y la primicia entregada al final de cada cosecha por todos los habitantes del poblado y sus alrededores durante estos años de bonanza económica de Ciruelos, zona en que la agricultura, especialmente las siembras de trigo, daban excelentes rindes en los campos recién talados, permitió al cura tener losahorros suficientes para empezar el proyecto, mas el entusiasmo de toda la comunidad hacía que el aporte económico de la feligresía para el término de la obra permitiría que ésta de financiara sin inconvenientes. Aparte de ellos los cinco grandes almacenes y otros recintos comerciales como restaurantes, herrerías, casas de estanco, hacían su propia y generosa contribución a la iglesia. Cabe también mencionar que los propietarios del Fundo San Miguel De las Palmas, hicieron importantes aportes para ésta y otras obras de la parroquia.

Pasó el invierno y en los primeros días de septiembre se empezaron los trabajos de nivelación del terreno donde se emplazaría la futura parroquia. Una parte correspondía al camino y la otra a un pequeño montículo que había que nivelar. Treinta hombres trabajaron durante la primavera y el verano en esta obra, sacando la tierra a chuzo, piqueta y pala y trasladándola en carretillas de mano o angarillas creando un terraplén que serviría de base para el emplazamiento del nuevo tramo del camino. Otra parte fue llevada a un
lugar cercano. Casi al concluir este trabajo llegó a la localidad una pala buey, verdadero adelanto tecnológico que realizaba el trabajo de varios hombres reemplazando su fuerza por la de los bueyes, de este modo pudieron concluir la explanada. Dado el tamaño de la nueva obra y la longitud de la nave central, era necesario modificar el trazado del camino creándose una curva que permitía sortear el nuevo edificio y unir ambos tramos del camino. Costó bastante convencer a los vecinos que residían en ese lugar pero finalmente después de hacer algunas consultas y concesiones fueron traslados a otro lugar dentro del mismo pueblo, pudiendo de este modo modificar el trazado del camino real.

Varias cuadrillas de diez hombres cada una se dedicaron a construir los treinta y ocho mil adobes estimados para los muros. Otros veinte se dedicaron a cortar y labrar las ochocientas vigas de canelo que se necesitarían para la construcción, además de buscar cuatro vigas especiales de diez metros de largo cada una y de veinte por veinte pulgadas de espesor, que se colocarían sobre las paredes de adobes amarrando todos los muros en torno al altar. Además deberían labrar los dinteles para puertas y ventanas, los pilares y las soleras que conformarán los corredores que el templo llevaría por casi todos sus costados.

Las tejas se fabricaron en el sector del Cerro Alto, ya que el suelo de esa zona hacía que el barro fuera el ideal para este propósito, además que quedaban de un color rojizo muy llamativo. En veinticuatro mil quinientas, se estimó la cantidad de tejas que se necesitarían para poder techar la futura parroquia. Veinticinco trabajadores tuvieron esta misión. Cuatrocientas carretadas de piedras de distintos tamaños fueron traídas de terrenos cercanos y de una improvisada cantera.

Después de haber acopiado todos los materiales para la construcción del templo, se inició la obra en el mes de septiembre, casi un centenar de hombres trabajaron arduamente para tener techado el templo antes de marzo siguiente, ese año y los dos siguiente les llevó terminar esta construcción que representó todo un símbolo para la feligresía de estas lejanas tierras costinas. La advocación de “San Andrés Apóstol”, como su santo patrono, tuvo su origen en que muchos habitantes de la doctrina especialmente los de Cáhuil se dedicaran a la pesca.

El tañer de sus campanas se escuchaba en toda la comarca, llamando a los fieles a las misas que hasta el año sesenta, mientras permaneció un cura párroco residente, se realizaban diariamente. En algunas oportunidades su repique se escuchaba hasta Los Robles de Petrel ubicado a 25 kilómetros de este lugar.

El templo parroquial, ha permanecido a través del tiempo y ha sido testigo de la partida de todos esos hombres y la llegada de sus descendientes, por varias generaciones en un ciclo sin fin. Asimismo es importante consignar que desde 1778 hasta el año 1900, lo que equivale a 122 años de su historia, más de 20.800 niños o niñas fueron bautizados.

Desde que se construyó, la naturaleza y el hombre han puesto a prueba su resistencia. Ha sufrido muchas modificaciones, se ha reparado y reconstruido en parte a lo menos cuatro veces, pero su esencia siempre ha permanecido. Sus tejados han resistido el sol, el viento, la escarcha, lluvias, temporales y granizadas durante 234 años.

Sus paredes sintieron venir desde las entrañas de la tierra, o desde el sur o del norte varios terremotos, el de 1835 con posterior tsunami que afectó desde la desembocadura del río Maipo al Bío Bío, el de Valparaíso en 1906, el de Talca en 1926, el de Chillán en 1939, el mega terremoto de Valdivia en 1968, el de San Antonio en 1985 y finalmente el de Cobquecura, aquella noche del 27 de febrero de 2010, cuando la tierra quiso sacudirse de todo lo que el hombre había construido a lo largo de la costa central de Chile.

El pequeño pueblo de Ciruelos no estuvo al margen de esta tragedia, la mayoría de sus casas fueron destruidas y para el templo parroquial, la estocada fue casi mortal, sus paredes agrietadas, su campanario quebrado y caído era la señal inequívoca que estábamos llegando al final de un ciclo. Sin embargo esta situación pudo revertirse gracias a la visión, el tesón y la perseverancia de un grupo de hombres y mujeres liderados por nuestro cura párroco Padre Pablo Donoso y Donoso, dispuestos a lograr lo que parecía casi
imposible, su reconstrucción. Gracias a ellos y a instituciones como la Municipalidad de Pichilemu, el Gobierno Regional, el Consejo de las Cultura y las Artes, y la comunidad toda, fue posible transformar esta catástrofe en una oportunidad y hacer posible que estemos hoy,
presenciando un hito más en la existencia de este histórico templo, que a través del tiempo se ha transformado en el ícono religioso más importante de la costa cardenalina.

(Texto preparado por el profesor Carlos Leyton con motivo de la inauguración del templo parroquial de Ciruelos en 2013, luego de su restauración tras los daños sufridos por el terremoto del 27 de febrero de 2010. Imágen: Recorte de la portada del libro «Ciruelos, el pueblo de una calle larga», del profesor Álvaro Álvarez).

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